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Franz Joseph Haydn (1732-1809) es a menudo referido, en los libros de historia de la música, como el padre de la sinfonía moderna, y también como el artífice del cuarteto para cuerdas. Sin cuestionar la plena justicia de tales afirmaciones, existe una deuda en cuanto al reconocimiento de la relevancia que Haydn tuvo en el desarrollo de la sonata pianística. Es verdad que existen sonatas para piano clásicas previas a las suyas, pero en Haydn lo formal se ve complementado por una trascendencia inédita hasta entonces. En el contexto del clasicismo Haydn representa el gran modelo a seguir y determina el desarrollo histórico de la especie. Este disco, grabado al cumplirse los 200 años de la muerte del compositor, constituye en este sentido un homenaje a su obra. La Sonata Nº 50 en Re mayor aquí incluida, presentada en algunas ediciones bajo el título de fantasía “Londres”, es una de las últimas tres compuestas por Haydn. Fue escrita durante la segunda visita del compositor a la referida ciudad (1794-5) para una reconocida pianista llamada Therese Jansen, formada con Clementi. Elaborada en tres movimientos, al Allegro inicial de esta sonata le sigue un movimiento lento que abre en tono menor y profundiza el desarrollo del tema principal ya antes expuesto, para derivar luego en el Finale (Presto ma non troppo), virtuoso. Es llamativo el nivel de las obras para piano escritas por Haydn, no habiendo sido él mismo pianista. Por lo demás, es necesario señalar que Haydn encarna un perfecto equilibrio entre el formalismo que resulta propio del clasicismo con el ímpetu del movimiento del sturm und drang (la expresión significa tormenta e impulso), que finalmente abrirá paso al romanticismo. Dentro ya del romanticismo, Frédéric Chopin (1810-1849) aparece como el máximo representante de la música para el piano. Como compositor se dedicó al instrumento, de manera prácticamente exclusiva, durante toda su vida, marcando la evolución de la técnica pianística y dando cuenta, además, de un notable refinamiento estilístico, evidenciado en particular en su tratamiento de las armonías. Muchos intentaron convencerlo para que abordase otras formas musicales, pero la posición de Chopin fue firme: “Dejad que sea lo que debo ser, sólo un compositor de música para el piano, pues es lo único que sé y deseo hacer.” Por lo demás, Chopin nunca recibió lecciones de músicos de renombre. Desde muy joven tuvo clara su voluntad de desarrollar un estilo personal y por eso evitó asistir a clases de piano al ingresar al Conservatorio de Varsovia y más tarde, cuando llegó a París en 1831, declinó una invitación para recibir clases de Kalkbrenner, uno de los pianistas más notables de su tiempo. La decisión fue claramente correcta. Chopin pasa a la historia como el pianista romántico por excelencia: no sólo por los ribetes de su historia personal, tantas veces exagerados hasta alcanzar un tono de leyenda, sino ante todo por el sentimiento lírico puesto en juego en cada una de sus piezas. Le prestó especial atención a las formas breves y a las piezas de carácter, típicamente románticas. Y se dedicó a escribir música pura, en el sentido de no dejarse llevar, como muchos de sus contemporáneos, por sugestiones visuales o literarias. Chopin elabora formas abstractas, ajenas a cualquier referencia extramusical. Los títulos de fantasía que se han aplicado a sus obras en ningún caso le pertenecen, y se sabe de su enojo cuando vio una edición inglesa de su Scherzo Op. 20, incluido en este registro, con el nombre de "El banquete infernal", título por lo demás muy discutible por el carácter de la obra. Chopin compuso cuatro scherzi, de los cuales éste es el primero, con un intermedio muy expresivo y casi soñador, que prácticamente podría acercarnos a Debussy. Como curiosidad vale señalar que las primeras notas de la melodía fueron tomadas de un villancico polaco, lo que pone de manifiesto la faceta nacionalista del compositor. Este nacionalismo también ha querido ser visto en el Estudio Op. 10 Nº 12, popularmente conocido como “Revolucionario”, por más que este título -una vez másno haya sido puesto por Chopin y responda sólo a la coincidencia de haber sido escrita la pieza en 1830, fecha de la primera insurrección polaca contra la dominación rusa. De todos modos es cierto que la obra ofrece un ambiente muy apasionado, agitado e intenso, acorde a la idea de una revolución. Chopin compuso un total de 27 estudios, todos ellos de enorme dificultad técnica, pero también de gran expresividad y calidad musical. Los Estudios del opus 10, grupo al cual pertenece el presente, fueron dedicados a su amigo y colega Franz Liszt. La trascendencia de la obra de Chopin fue inmensa; tanto que sin ella no resulta posible concebir la música de otros grandes compositores posteriores, como Fauré, Debussy, Scriabin y tantos más. Pero si hablamos de Claude-Achille Debussy (1862-1918), el francés bien puede ocupar el lugar del gran continuador de Chopin. Debussy suele ser descripto como un compositor impresionista. Un rótulo que, sin embargo, el propio Debussy despreciaba, pues entendía que "la libertad que puede obtenerse en la música es mayor que en cualquier otro arte”, y lo explicaba diciendo que la música no está limitada por la intención de reproducir la naturaleza, sino basada en una misteriosa correspondencia entre la naturaleza y la imaginación. Es en este sentido que se ha dicho que los Preludios de Debussy sugieren, pero nunca dicen; que hablan, pero sin explicar. Debussy describe en su música las cosas que lo rodean. Pero no se trata en rigor del imaginario del compositor, sino también del intérprete, que cobra un lugar fundamental en el mundo debussyano. Aunque lo mismo cabría decir respecto de quien escucha. "¿Quién conoce el secreto de la obra musical?", le pregunta Debussy en una carta a un amigo. Y añade enseguida: "El ruido del mar, la curva de un horizonte, el viento en las hojas, el canto de un pájaro, despiertan en nosotros múltiples impresiones. Luego, de improviso y sin nuestro consentimiento, alguna de esas imágenes cobra forma en nosotros a la manera de una música. Pero cada una de ellas lleva en sí misma su propia armonía." Será acaso siguiendo esta idea que ya desde joven Debussy supo tomarse libertades compositivas que, por cierto, eran muy mal vistas por sus maestros, pues todo parecía indicar que su intención era burlarse de las convenciones. En efecto, fuera esa o no su intención, Debussy se complacía escribiendo músicas que de un modo u otro violaban las reglas establecidas. "Todo lo que hace está mal", decía uno de sus maestros. "Pero mal de un modo lleno de talento." Las dos piezas de Debussy incluidas en este registro, Minstrels y Las Colinas de Anacapri, pertenecen al primer libro de los Preludios, compuesto entre diciembre de 1909 y febrero de 1910. Ambas poseen un referente extramusical. En el primer caso, el particular ritmo de la pieza nos remite a la atmósfera de un vaudeville, y resulta fácil imaginar a un señor de aspecto excéntrico, cuyo andar sobre el escenario es acompañado por la música. En el segundo, Debussy nos lleva hasta un seductor paisaje italiano, entre bucólico y sensual. Aunque hay que decir que estos Preludios no deben ser vistos como una pintura descriptiva, sino más bien como una invitación al ensueño. Y puede aplicarse aquí lo que el propio músico declaró a propósito de otra obra suya: "Cuando uno no tiene medios suficientes para pagarse un viaje, debe sustituirlo por la imaginación". También Maurice Ravel (1875-1937) nos invita a un viaje, a su modo. Pero si en Debussy, para completar el sentido último de la obra, resulta fundamental que el intérprete se atreva a hallar su propio mundo interior en cada pieza, Ravel desconfía en cambio del ejecutante y le indica que su rol es limitarse a tocar lo que está escrito. La obra de Ravel, vinculada también al impresionismo, muestra un audaz estilo neoclásico; es el fruto de una compleja herencia y de hallazgos que revolucionan la música para piano. Reconocido como un meticuloso artesano, Ravel cultiva la perfección formal y revela, como bien señaló alguna vez un crítico, "los juegos más sutiles de la inteligencia". Sus Valses nobles y sentimentales fueron compuestos en 1911, como un homenaje a Franz Schubert, quien en 1823 escribió dos libros de valses bautizados, precisamente, Nobles y Sentimentales. En la partitura original de la obra Ravel parece restarle importancia a su trabajo, transcribiendo una frase de Henri de Régnier: "El placer delicioso e intemporal de una ocupación fútil". Sin embargo, bajo este disfraz de aparente frivolidad, se esconde un deseo de síntesis y renovación. No es gratuito el hecho de que meses más tarde Ravel retome esta obra y decida orquestarla, para aplicar su música a un ballet titulado “Adelaida o el lenguaje de las flores”, enfatizando así su voluntad de modernizar las formas. Porque en Ravel, a diferencia de Debussy, no prevalece la libertad ni la ensoñación, sino el rigor de disposiciones formales claras. Más allá de que -es oportuno tenerlo en cuenta- lo más que encontrará el oyente del tradicional vals vienés en esta obra (pues no se trata de una serie de piezas inconexas, sino de una unidad, con alternancia de tempi) es el hecho de estar cada número escrito en un tiempo de 3 x 4. El resto es genialidad y renovación, hasta alcanzar, en el penúltimo número de la obra, una verdadera apoteosis del género. GERMAN SERAIN |
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